
Por primera vez, el Comité Olímpico Internacional (COI) tuvo que frenar el ritmo de las obras de unos Juegos. Nada de retrasos. Los chinos iban demasiado deprisa. «Si hace siglos la humanidad construía catedrales, hoy levanta instalaciones deportivas», dice Juan Antonio Samaranch, presidente honorífico del COI. China es un país comunista. Y creyente: cree en la cita olímpica. La ha atado a su número mágico, el "8". Por eso, la ceremonia de apertura será a las ocho horas y ocho minutos de la tarde del día ocho del octavo mes (agosto) de 2008. Redondo. Perfecto. Como Pekín quiere que sean sus Juegos, su vitrina ante el mundo. Sin error. Todo ensayado, hasta la sonrisa.
El "humor amarillo" tiene su escuela. A ella acuden miles de jóvenes chinas. Sólo 1.250 elegidas estarán en los Juegos Olímpicos de Pekín. En ese instante único para China. Los Juegos son un motivo de orgullo nacional. Para sonreír. Desde la escuela. A las chicas les han enseñado a abrir la boca. Lo justo: que se vean entre seis y ocho dientes. Ellas serán el rostro de bienvenida para los visitantes extranjeros. Les recibirán con una sonrisa dentífrica: alicatada en sesiones de 120 minutos ante el espejo. China no improvisa. Las azafatas serán las más esbeltas. Lo han aprendido en días que comenzaban a las cinco de la mañana y se cerraban a las diez de la noche. Horas y horas con un libro en equilibrio sobre la cabeza; con un folio entre las rodillas. Todas vestidas con el uniforme nacional: la sonrisa. De vendedor. De China. Escaparate.

El XVI fue el siglo de España; el XVII de Francia; el XVIII lo compartieron Francia e Inglaterra, que mandó en el XIX; el XX estuvo tutelado por Estados Unidos. El XXI, auguran los economistas, será la centuria de China. Imparable. Más de 1.300 millones de habitantes. Con ciudades como Shanghai, orladas por un "sky-line" de 4.000 rascacielos. O como Chongqing, que reúne a casi 36 millones de vecinos y ocupa, ella sola, una superficie similar a Austria. O como Pekín, la capital del gigante chino, de un país arrollador que entre 1978 y 2004 multiplicó por diez su presencia en los mercados internacionales. De un paradójico régimen comunista que tiene en su territorio cinco de los diez centros comerciales más grandes del mundo. China viene.
Hace tres décadas, sólo se veían trajes "mao" y bicicletas. Casi no había coches, ni neones, ni restaurantes. En una generación, China ha dado un brinco de siglos. Ha juntado el Renacimiento, la Ilustración y las revoluciones industrial y electrónica. Ya hay 450 millones de teléfonos móviles y 150 millones de internautas. Los Juegos de Pekín son su mejor anuncio. El escenario soñado por el Gobierno comunista. Hasta 1984, China no logró su primera medalla olímpica de oro. En Atenas 2004 ya fue segunda en el medallero, sólo superada por el símbolo capitalista, Estados Unidos. Es la potencia imparable. Tan deprisa. Como las obras de Pekín. Sin competencia posible: 24 horas al día los siete días de la semana. A poco más de cien euros mensuales por trabajador. Y sobran manos. Sólo para el aeropuerto diseñado por Norman Foster se ha recurrido a 50.000 empleados.

Las ciudades chinas son ahora una pasarela para arquitectos. Los viejos "hutong" de Pekín, los angostos barrios edificados en la dinastía Ming, han sido laminados. China mira menos hacia atrás que hacia delante. Pekín es hoy es un laboratorio de urbanismo en el que conviven dos mundos: en uno, los residentes comparten minihabitáculos sin apenas condiciones sanitarias. Al lado, hay más de ocho mil obras en marcha, tres millones de vehículos coagulados en las atascadas calles. Y edificios del futuro: como el Gran Teatro Nacional, que tiene forma de huevo y es obra del francés Paul Andreu; el aeropuerto de Foster, que semeja una Torre Eiffel tumbada; o el estadio olímpico, llamado "el Nido", obra de firma suiza "Herzog and the Meuron". Allí será la ceremonia del "8", la de apertura de los Juegos. Bajo una estructura de vigas de acero retorcidas, trenzadas hasta formar una esfera, un nido de pájaro. Original. Redondo. De eso se trata. Es la única instalación que falta. Y casi está. Antes de tiempo.

Todo previsto. Pekín ha preparado sus carteles en inglés. Hasta ahora era un ciudad cuyas calles sonaban igual que una olla cayendo por la escalera. Indescifrables para los turistas. Hoy, los taxistas reciben cursos de inglés. Son cursos "voluntarios": o asisten o les quitan la licencia. Tampoco podrán masticar ajo. Nada de mal aliento que ahuyente a los turistas. Ya hay listos 800 hoteles, el doble que en 2001. En total, 130.000 habitaciones. Se ha inaugurado este año una nueva línea de metro. Y habrá más de 100.000 voluntarios entregados a la causa. Ya aprenden inglés.
Y maneras. La Oficina de Desarrollo Ético inició hace casi dos años una campaña de educación cívica. Había que enseñar a los ciudadanos chinos a guardar cola. Sin empujones ni atajos. También se trataba de difundir la misión de las papeleras. Las grandes urbes chinas son un jungla de cemento, gris de polución aérea y terrestre, a ras de suelo. Sucio. Eso se acabó. Ni papeles, ni, por supuesto, escupitajos. De hecho, una brigada "antiesputos" recorre desde hace meses las principales avenidas y plazas de Pekín. Bolsa en mano. Las reparten para que los ciudadanos depositen allí mocos y babas. Si no, hay multa. Pekín se ha maquillado para sus Juegos. Sonrisas de quita y pon. Ciudad de techos altos, de diseño. Así es la nueva China, la que tiene a la cita olímpica como su eje. Su escaparate.
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