Yo ví jugar a Federer
Roger Federer ha vuelto a ser noticia en 2007, pero hace tiempo que dejó de ser novedad. Poco sorprende que el suizo haya vuelto a adjudicarse tres Grand Slam en una temporada, cuarto Wimbledon consecutivo incluído. Ya son doce los que suma, acercándose cada vez más a los catorce de Pete Sampras. El suizo pulveriza registros al son de su raqueta, y, sin embargo, ya no hay nada de asombroso en ello.
Hay algo en Federer que hace pensar que fue preparado para los éxitos venideros: se desenvuelve a la perfección con la raqueta, y con el entramado mediático que rodea a su fama. Roger es políglota (habla francés, inglés y alemán), educado, respetuoso con los medios de comunicación y celoso de su intimidad.
Hace gala de un saber estar que le permite salir airoso tanto de la victoria como de la derrota. Es el hijo soñado, el yerno ideal. Sólo él puede dar la rueda de prensa en tres idiomas; nadie más podría combinar con acierto la chaqueta blanca de Wimbledon con una cinta y unos pantalones cortos. Sobre la excelencia de su tenis hay poco que decir, salvo que ya está todo dicho.
Tras salir victorioso de Shangai, es conveniente realizar una pausa, y reflexionar. Darnos cuenta de que somos afortunados. Ya tenemos un héroe del que ufanarnos. Un día podremos presumir de haber vivido la era de Roger Federer, y mirar a los ojos a quienes antes se vanagloriaban de haber crecido con los mates de Jordan, las brazadas de Mark Spitz o los goles de Di Stefano. Yo vi jugar a Roger Federer.















