Yo quiero ganar
Fue más o menos ahí cuando me detuve. Cuando comprendí que estaba enfocando el tema desde una perspectiva equivocada. El revuelo mediático que se ha formado en torno a las posibilidades de que Rafa logre el número uno empaña la realidad más palpable. Y es que ni Federer ni Nadal han ganado un solo torneo en todo el año. Ahí están, salvaguardando sus escaños. Regulares, constantes. Sin títulos.
Y entonces me percato de que el debate por el número uno es estéril. La cima ATP se puede coronar por diferentes flancos, pero como mejor se alcanza es a base de títulos. Tiene que haber pocas cosas comparables a levantar un trofeo. Durante una semana sacas, restas, sudas, maldices, avanzas, llegas a la final, metes una bola de partido, y te desplomas en el suelo entre ovaciones.
Recuerdo a Ferrero estrenando número uno el día en que perdía la final del US Open 2003 ante Roddick. O a Marcelo Ríos en lo más alto de la ATP sin ganar un solo Grand Slam. Ambos, ahí, tirando de matemáticas para saber si lo habían logrado ya. Recibiendo la buena nueva por boca de su entrenador. O por SMS. Fuera de pista. Una alegría aséptica.
También veo a Djokovic levantando su copa en la Rod Laver. A Murray clausurando dos torneos con el discurso del campeón. A Almagro abrillantando su vitrina; la sonrisa de Llodra. Una explosión de júbilo. Apretón de manos en la red. El aplauso del respetable. Ninguno es número uno, pero ese recuerdo ha de ser irreemplazable.










