Isla: porción de tierra rodeada de agua por todas partes. Obvio. El diccionario despide escasa luz. Por eso es necesario dejar volar la imaginación. La imagen colectiva que arroja el cerebro al sugerirle una isla arrastra hasta el mar, o al más extenso océano, y si se deja llevar, hasta le pondrá arena, palmeras e incluso un barbudo náufrago.
La literatura marinera ha dejado
poso en la memoria y, casi sin quererlo, proyecta la conocida silueta de islas
inolvidables, como la del castillo de If, en el que Alejandro Dumas encerró a
su criatura más famosa durante años; o el islote perdido del ingenioso Robinson
Crusoe.
Pero no a todas las islas las
baña el agua salada del mar. Algunas emergen tímidamente en agua dulce, como
avergonzadas de su propia condición. Islas de interior: dos palabras casi
incompatibles. Pero existen. El País Vasco cuenta con un buen número de ellas:
en ríos y embalses o asomadas al mar en una ría; históricas y olvidadas;
extensas e insignificantes. Ésta es una pequeña muestra; un inventario que
habla de paisajes, naturaleza e, incluso, Historia.
Álava | En la llanada
Álava, precisamente Álava, la
única de las tres provincias vascas que no roza el mar, es la que alberga el
mayor número de islas. Y algunas de las más grandes. Gracias a la extensa
lámina de agua que forman los embalses de Urrunaga y Ullibarri-Gamboa, que abastecen
de agua potable al Gran Bilbao y a Vitoria, los antiguos oteros que salpicaban
las llanuras del valle del Zadorra hoy son islas. Allí, el agua, limpia,
apacible, mecida tan sólo por el aire, roza con una lentitud pasmosa las
orillas, jugando a las canicas con los guijarros de la playa. La mayor isla del
País Vasco nunca fue salvación de náufragos, refugio de codiciosos piratas ni
se vio azotada por el oleaje marino. De hecho, Zuaza tan sólo tiene desde hace
unas décadas tal condición.
Sí soporta en cambio las
acometidas temporales de niños y adolescentes, que durante seis meses anuales
invaden sus cabañas y la convierten en su campo de juegos: un pequeño tributo
obligado por la contemporaneidad. Al oeste, en un pequeño espolón pétreo que
quedó a salvo de la inundación, el pueblo de Ullibarri-Gamboa se yergue
tímidamente.
Sus casas se arremolinan en torno
a la puntiaguda torre de la iglesia de San Andrés, encaramándose sin mucho
orden por la ladera, como queriendo escapar de las aguas en las que todos los
días se miran. A su vera, un pequeño embarcadero da cobijo a las barcas que
mece el viento. De forma paralela a la orilla noreste de Zuaza, la isla de Los
Caballos extiende su silueta, dejando entre las dos un estrecho brazo por el
que mansamente se pasea el agua.
A la isla Orenin, en el extremo
inferior del extenso embalse de Ullibarri-Gamboa, otro de los antiguos cerros
que el embalse convirtió en islote, la circundan tres pequeños montículos con
vegetación arbustiva, tres cayos alargados que se resisten a que las aguas les
engullan definitivamente.
Orenin, uno de los principales
reclamos del parque provincial de Garaio, conserva ruinas en su interior, y si
se desplazase unos metros al sur, taponaría una de las entradas por donde se
cuela el agua del pantano, dejando en seco al pueblo de Mendijur. Al norte,
entre esponjosas tierras preparadas para la siembra, de frente al acueducto de
Azua, resiste como una caña una vieja ermita de la que sólo queda en pie el
campanario.
Guipúzcoa | Tierra de frontera
De todo este desigual e
incompleto compendio de ínsulas de agua dulce, es la Isla de Los Faisanes la que
atesora mayor carga histórica. Con 2.000 metros cuadrados
de superficie entre dos brazos de agua que reparte el Bidasoa antes de perderse
en la bahía de Txingudi, es el condominio más pequeño del mundo. La isla estuvo
sometida durante siglos a las crecidas del río, que la hacían cambiar de
aspecto. Varias reformas y los trabajos de protección en sus orillas aseguraron
la fachada actual. Antiguamente perteneció a Hondarribia; hoy en día, cada seis
meses, Francia y España, Irun y Hendaya, se reparten su posesión y la
obligación de cuidarla.
En 1659 fue en este islote donde
tuvieron lugar las conferencias previas al Tratado de Paz de los Pirineos, mediante
el cual España y Francia acordaron poner fin al enfrentamiento de la Guerra de los Treinta Años.
Al encuentro entre las dos naciones más poderosas de la época acudieron, en
representación de España y del rey Felipe IV, Luis Méndez de Haro y Guzmán; por
el país vecino, el cardenal Mazarino, delegado por Luis XIV.
También en la isla, un año
después, en 1660, se rubricó el pacto que, entre otros asuntos, acordaba el
casamiento entre el Rey Sol y la
Infanta española María Teresa de Austria y Borbón. Se iniciaba
así el declive del Imperio español y el surgimiento de la hegemonía francesa.
En conmemoración de tales sucesos todavía puede verse un sencillo monolito que
atestigua el evento.
Al suroeste del Bidasoa,
encubierto por los montes que se extienden en la borrosa frontera que distingue
Guipúzcoa de Navarra, dos pequeños islotes se esconden entre las aguas del
pantano de Añarbe; un par de pezones alargados y desiguales que se engordan y
empequeñecen a medida que mengua o sube el nivel de las aguas del pantano que
da de beber a San Sebastián y su comarca.
Vizcaya | Entre las playas
Las aguas dulces del territorio
vizcaíno albergan a un buen número de islas. En el Urdaibai, reserva de la Biosfera de la Unesco, la lenta erosión de
la ría de Mundaka todavía no ha podido con los estratos rocosos donde se
asientan varios de los islotes que flanquean las aguas de uno de los mayores
enclaves marismeños del Cantábrico. Allí, frente al barrio de Axpe, en
Sukarrieta, a merced de las puntuales mareas, la isla de Txatxarramendi, unida
a tierra firme mediante un sólido puente, ofrece a los visitantes un pequeño
jardín botánico recorrido por varios senderos enlosetados de piedras. El
islote, denominado en tiempos Montenegro, al parecer por el oscuro y denso
encinar que lo recubre, acogió desde 1896 hasta 1947 a un lujoso
hotel-balneario y hoy es la sede del Instituto para la Ciencia y la Tecnología Pesquera.
Al norte, al fondo, la oscura
silueta de la isla de Izaro vigila desde el mar mientras resiste al embate del
oleaje. Aguas arriba de la anterior y a la vera de la extensa playa de San
Antonio, la pequeña isla de Sandindere esconde un bosquecillo de encinas. La
rodea un fino canal de agua apenas dibujado entre los limos que arrastran las
corrientes.
Volviendo la vista al noreste,
sobre la carretera que discurre por la margen derecha de la ría, surge el
tupido encinar de Atxerre, uno de los más extensos de la cornisa cantábrica,
recuperado con vigor por la húmeda brisa atlántica tras años de talas e
incendios. En la cima coronándolo, cerca de Akorda, se elevan los viejos muros
de la ermita de San Pedro, un mirador de excepción desde el que divisar el
amplio mural de aguas añiles y playas intermitentes que el tiempo ha modelado
en Urdaibai.