¿Qué es, qué es?, preguntaba Andrea Fuentes desde la piscina mientras miraba al marcador electrónico. Ella y Ona Carbonell veían la nota, 96.900 y estaban tan atacadas que no eran capaces de darse cuenta de que habían logrado la plata. Los nervios no les permitían hacer la suma. Hasta que desde el borde de la piscina su entrenadora les dio el ok, sí, sois plata, y no pudieron contener las lágrimas. Ona Carbonell y Andrea Fuentes se fundieron en un abrazo y por fin pudieron saborear la gesta. Cuatro años de duro trabajo, de horas y horas en la piscina, repitiendo ejercicios hasta la extenuación, al fin, tenían una gran recompensa.
Y fue duro, porque partían terceras y necesitaban un
ejercicio muy cercano al 10. Lo ejecutaron casi a la perfección y
tuvieron el premio merecido que un día antes los jueces no quisieron
darles. Ona Carbonell y Andrea Fuentes lograron este martes remontar la
desventaja que llevaban respecto a las chinas y dieron la campanada.
Buscaban la segunda plaza, estaban convencidas de que en la final
"brillarían más nunca" y así fue. Rusia se colgó el oro, España, la
plata, y China, el bronce, la sexta medalla de estos Juegos para la
representación española y la tercera para la natación sincronizada
española en toda su historia.
Y en todas ellas ha participado Andrea Fuentes, que entra
en el selecto grupo de deportistas de nuestro país que han conseguido
tres metales en los Juegos Olímpicos, junto a Arantxa Sánchez Vicario,
David Cal y Joan Llaneras. Éxito monumental para una especialidad que en
nuestro país no cuenta ni con 600 licencias federativas. Una gesta
impresionante para el equipo español de sincro, que podría repetirse en
la modalidad de equipos, emulando el éxito de Pekín, donde España logró
dos platas, las dos primeras medallas olímpicas de la sincro española en
toda su historia.
Querían la plata, estaban convencidas de que eran mejores
que las chinas, pero ya se sabe cómo funciona este deporte, en el que
el peso de los grandes países influye demasiado en los jueces y, como ya
habían advertido desde el equipo nacional, "es muy difícil cambiar el
status quo". Por fortuna, las airadas protestas contra las puntuaciones
de los jueces del lunes surtieron efecto y Carbonell y Ona pudieron
darle la vuelta al marcador. Partían con una décima de desventaja, la
que marcaba la nota de la técnica del primer día, y fueron capaces de
limar esa pequeña diferencia.
Sabían que tenían que mejorar la sincronización (hicieron
el camino de Santiago para estrechar lazos y compartir penalidades),
afinar pequeños detalles y llegar al 97 para ser segundas. Las españolas
lo clavaron. Salieron a por todas, apretaron los dientes y esta vez sí
las jueces valoraron la emoción y la originalidad del tango 'La
Comparsita', de Gerardo Matos, que como apuntó Anna Tarrès,
"artísticamente no hay color" con respecto a las chinas. El pequeño
golpe de suerte necesario para la gloria también dio su empujoncito en
el sorteo, ya que a diferencia de los días anteriores, España nadó casi
la última en la final, lo que permitía ensalzar la calidad de su
ejercicio y los jueces podían comparar con las anteriores.
"No valoran nuestra creatividad", dijo Tarrès el día
antes. Ella sabía que había apretar a los árbitros, necesitaba hacer
ruido para llamar la atención de las jueces para que valoraran en su
justa medida a Ona Carbonell y Andrea Fuentes. Así fue y la décima de
desventaja fue un muro en esta ocasión franqueable. España acabó en 96,9
y China en 96,7. La rusas, con 98,9 lo bordaron y rozaron la perfección
para ganar el oro.